Lectura: Jordi évole vincula a Lamine Yamal con la bandera palestina y el clima de odio

Jordi évole vincula a Lamine Yamal con la bandera palestina y el clima de odio

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ha convertido en columna una escena de la celebración del que ya venía cargada de símbolos: pidió una bandera palestina a un aficionado en plena rúa por Barcelona, ante la sorpresa de todos. El periodista escribió sobre ese momento en un texto titulado , donde resume la reacción con una frase seca: “Me lo cuentan y no me lo creo”.

La escena que describe no fue una bandera cualquiera. Era una palestina casera, con un palo largo desproporcionado respecto al tamaño de la tela, un detalle que el propio Évole remarca para subrayar el aire improvisado del gesto. Después, al día siguiente, aparecieron influencers proisraelíes rasgándose camisetas oficiales del Barça, vendidas a 140 euros en la , en una secuencia que trasladó la discusión del estadio a la pelea por la imagen, las redes y la interpretación política de cada gesto.

Évole enmarca ese episodio dentro del conflicto entre Israel y Palestina y sostiene en su texto que España ha plantado cara a Israel y a en este debate. También enlaza la escena con una memoria más cercana de la protesta social al escribir: “Muy 15-M, ahora que se celebran los 15 años del movimiento de los indignados”. La comparación no es casual. Presenta el gesto de Lamine como algo espontáneo, casi de guerrilla, en un país donde la simbología política vuelve a discutirse en plazas, estadios y pantallas.

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El contexto que rodea su columna ensancha el foco. El mismo texto habla del odio en redes contra tras iniciar su gira y contra tras el estreno de Sidosa, dos nombres arrastrados a la exposición pública por razones muy distintas pero golpeados por la misma dinámica: la rapidez con la que una conversación se convierte en hostilidad. En ese marco, la bandera palestina funciona como símbolo del conflicto, pero también como prueba de hasta qué punto un gesto puede ser leído como provocación, apoyo, identidad o simple gesto humano, según quién lo mire.

La fricción está ahí. Mientras algunos convierten la escena en una batalla de camisetas y banderas, el texto de Évole devuelve la atención al origen: un chico de 17 años, Lamine Yamal, pidiendo una bandera en mitad de una celebración. Y, al fondo, una sociedad que responde con más ruido que empatía. Esa es la conclusión que deja su columna: el gesto ya pertenece menos al estadio que a la pelea por el relato.

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