Juan Luis Arsuaga presentó su nuevo ensayo, La respuesta, y volvió a colocar en el centro una vieja obsesión suya: por qué el ser humano se pregunta por sí mismo y por qué, entre todas las especies, es la única que intenta responderse. En la entrevista, el paleoantropólogo definió a los humanos como materia hecha de átomos que se vuelve autorreflexiva y consciente, y sostuvo que la vida inteligente en el universo es extremadamente improbable.
Arsuaga enlazó esa idea con una lista de dudas que, dijo, siguen abiertas para la ciencia: cuándo evolucionó el nacimiento humano, cuándo apareció el fuego en la evolución, cómo se afirmó la postura bípeda, cuándo llegó el poblamiento de Australia o si los neandertales hicieron arte figurativo. Para él, la cuestión de fondo es otra: qué hace simbólica a la mente humana y desde qué especie existe el lenguaje y la comunicación tal como las entendemos hoy.
El investigador también se detuvo en preguntas que van más allá del origen y apuntan a la identidad. Se preguntó cuándo surgieron los grupos étnicos o las identidades simbólicas, en qué momento los seres humanos empezaron a organizarse con lenguas y mitos distintos, dónde está el origen de las tribus y cuándo comenzaron a representar objetos concretos, como la idea de una silla o la de justicia. En su visión, la ciencia no persigue misterios sino muchos problemas concretos, y en ese terreno aún faltan piezas para explicar cómo se construyó la mente simbólica.
La entrevista avanzó después hacia un territorio más duro: la muerte y la vejez. Arsuaga sostuvo que no hay animal que sepa que va a morir y que solo los seres humanos tienen esa conciencia. Añadió que los australopitecos probablemente no sabían que iban a morir y que, en la naturaleza, la vejez no existe del mismo modo que en la especie humana porque los animales mueren muy rápido. Según explicó, la vejez como condición reconocible empezó a conocerse cuando los humanos se volvieron sedentarios: si alguien enfermaba o perdía movilidad, el grupo le llevaba comida.
Ese cambio, dijo, permitió que aparecieran síntomas y signos propios de la edad avanzada. En un grupo que tiene que seguir moviéndose, afirmó, es imposible llegar a viejo; la pérdida de vista, la demencia y la desorientación no encajan con la vida en la naturaleza y no se desarrollan de forma significativa en el medio salvaje ni en el Paleolítico. Sí lo hacen en los animales domésticos, en los zoológicos y en la especie humana, precisamente porque las personas no tienen que desplazarse continuamente para sobrevivir.
Arsuaga cerró esa línea de pensamiento con una idea práctica: una operación de cataratas o una prótesis de cadera pueden permitir que una persona siga subiendo montañas. La observación encaja con el tono general de La respuesta, su nuevo ensayo publicado por Destino, que mezcla evolución, conciencia, muerte y envejecimiento para insistir en que el gran enigma no es solo de dónde venimos, sino qué nos hizo capaces de pensarlo.
Su diagnóstico deja una conclusión clara: la especie humana no solo carga con la conciencia de la muerte y la vejez, sino también con la extraña capacidad de convertir esas preguntas en parte de su propia identidad. Y esa, según Arsuaga, sigue siendo la verdadera frontera del conocimiento.

