Las elecciones del domingo en Andalucía dejaron el golpe político más serio para el PSOE en mucho tiempo. Ningún partido cumplió sus expectativas salvo el más improbable, pero el resultado que más ruido hizo fue el del socialismo: la derrota fue la más dura y llegó como cuarta caída consecutiva en unas elecciones.
El PP se quedó en la orilla, Vox confirmó una tendencia de estancamiento y Adelante Andalucía dio la única sorpresa. El PSOE, en cambio, recogió lo que había sembrado. Pedro Sánchez y María Jesús Montero hundieron a su partido en una cita que, por su alcance, tuvo probablemente el mayor impacto en la política nacional.
La lectura interna es incómoda para Ferraz porque el revés andaluz no aparece como un accidente aislado, sino como la continuación de una secuencia. El texto sitúa esta caída dentro de una estrategia que venía de lejos y que acabó enlazando el gobierno de coalición con Podemos y la cercanía a Sánchez como parte del problema, no de la solución. El mensaje que dejan las urnas es claro: el modelo ministro-candidato es un fiasco, la proximidad al presidente pesa más de lo que ayuda y alejarse del centro para ser el principal receptor del voto útil en la izquierda no ha funcionado.
El contraste con el pasado reciente es brutal. En junio de 2022, el PP sacó al PSOE 19 puntos y alcanzó la mayoría absoluta en Andalucía, con Juanma Moreno Bonilla al frente de esa victoria. Antes de eso, el PSOE había ganado las elecciones andaluzas un año y 42 días antes de que Sánchez nombrara a Pablo Iglesias vicepresidente segundo del Gobierno, pese a que el propio presidente dijo que con Iglesias en el Ejecutivo no podría dormir. Iglesias juró su cargo en Zarzuela y la secuencia quedó asociada a una metamorfosis socialista que, según el texto, empezó el 24 de octubre de 2016, siguió en 2017 en un Peugeot que luego fue un Mercedes y cristalizó el 13 de enero de 2020 con el gobierno de coalición en el que irrumpe Podemos.
Ese recorrido explica por qué la derrota andaluza pesa tanto. No solo por el resultado del domingo, sino porque confirma que el PSOE llega a otra cita electoral sin haber resuelto la huella de aquella estrategia. Con una cuarta derrota consecutiva ya en la cuenta, la pregunta política no es si el golpe duele, sino si Sánchez puede seguir presentando como útil un camino que Andalucía acaba de desmentir con tanta claridad.

