Frente a los hechos trágicos ocurridos en Calama, BioBioChile publicó un texto que pide no responder desde la violencia y que propone pensar la educación desde la ética del cuidado. El planteamiento pone el foco en la escuela, pero también la saca de ese encierro: no existe por fuera de la sociedad y, por lo mismo, tampoco puede cargar sola con una crisis que la rebasa.
El texto sostiene que la violencia también se expresa dentro de los espacios educativos y que no solo la escuela educa. En esa línea, afirma que es responsabilidad del Estado, de las familias, del entorno cercano y de la sociedad en su conjunto formar a niñas, niños y jóvenes. Esa idea recorre todo el planteamiento: si la escuela refleja la sociedad, entonces sus respuestas no pueden separarse de lo que ocurre afuera de ella.
La urgencia del debate aparece en un punto concreto. El texto advierte que las y los estudiantes acceden muchas veces sin supervisión adulta a contenidos en redes sociales, y que allí los varones quedan expuestos a materiales sobre la masculinidad que exacerban el odio y promueven comportamientos violentos. En esos mismos espacios virtuales, añade, también se crean comunidades donde se expresan emociones que no encuentran lugar en otros ámbitos, hasta el punto de que muchos jóvenes sienten que hallan allí su única forma de desahogo.
Desde esa realidad, el escrito conecta la conversación educativa con la salud mental. Señala que esos problemas emergen con fuerza en ese entorno y que muchas veces no reciben la atención necesaria. El diagnóstico es incómodo porque desarma la respuesta más frecuente: el texto dice que los enfoques centrados únicamente en el control, la vigilancia o la seguridad han demostrado ser insuficientes, y que no existe evidencia sustantiva de que esas medidas, por sí solas, logren frenar la violencia.
El argumento no se queda en la crítica. Propone mirar hacia los aportes de la ética del cuidado y plantea que una escuela que la incorpore no puede centrarse únicamente en la transmisión de contenidos. En lugar de reducir el problema a disciplina o castigo, el texto empuja una discusión más amplia sobre cómo se forma, se acompaña y se contiene a estudiantes que hoy crecen entre la presión social, la exposición digital y vacíos de contención adulta.
Ese giro explica por qué el texto compara los límites del control con contextos como el estadounidense, donde los tiroteos en escuelas siguen ocurriendo pese a las respuestas basadas en vigilancia y seguridad. La referencia funciona como advertencia: cuando la violencia social se instala en la vida cotidiana, la escuela no la resuelve sola ni la neutraliza con cámaras o controles. Lo que queda planteado, después de los hechos de Calama, es una exigencia más amplia y más difícil de eludir: si la violencia está dentro y fuera del aula, también la respuesta tiene que salir del molde de la pura seguridad y asumir que educar es, antes que nada, cuidar.
