En algunos tramos urbanos y accesos con mucho tráfico puede verse una doble línea discontinua pintada sobre el asfalto, una señal que a menudo desconcierta a los conductores. No marca un simple cambio de carril: delimita un carril reversible, pensado para cambiar el sentido de circulación según las necesidades del momento.
Ese sistema se usa, en general, en accesos a grandes ciudades y sobre todo en horas punta. La pista decisiva está encima de la vía: paneles luminosos elevados que indican si el carril está habilitado o cerrado. Cuando aparece una flecha verde, puede utilizarse en el sentido indicado. Cuando se enciende una aspa roja, está prohibido acceder o seguir por ese espacio.
La señal importa porque ignorar una aspa roja no es una simple distracción. Supone una infracción grave y un riesgo elevado de colisión frontal, precisamente el peligro que este tipo de carril trata de evitar. Además, la normativa obliga a circular con las luces de cruce encendidas mientras se utiliza este tramo, incluso de día y con buena visibilidad.
También hay una regla que no admite atajos: está prohibido invadir el carril contiguo o usar solo parte del espacio reservado al sentido contrario. El carril reversible funciona como una vía compartida por turnos, no como una franja extra para ganar metros en medio del tráfico. Y, si las condiciones de la vía lo permiten, también pueden circular por él furgonetas, autobuses o camiones.
La confusión viene de lejos y no es casual. La señal horizontal no aparece de forma constante en toda la red viaria, así que muchos usuarios desconocen realmente qué indica cuando la ven por primera vez. A eso se suma que en otros países europeos determinadas combinaciones de líneas discontinuas se usan para advertir sobre adelantamientos, un uso distinto que alimenta el error cuando el conductor se encuentra con la doble línea en España.
El sistema, en realidad, está pensado para aprovechar mejor la vía sin ampliar la carretera. Por eso se reserva a tramos donde la intensidad de circulación aprieta más, especialmente en accesos urbanos. Quien la lee bien no solo evita una multa: entiende que esa carretera cambia de sentido para absorber el tráfico del momento, y que la señal que manda no está en el asfalto, sino en los paneles luminosos que la gobiernan.

