Aston Villa pasó del golpe más duro de su temporada pasada a una posición que hace un año parecía lejana: está a un partido de levantar el primer gran trofeo del club en más de 30 años y ya aseguró su lugar en la Champions League por segunda vez en tres temporadas a través de su puesto en la liga.
La secuencia cuenta casi todo sobre el salto del equipo. El final del curso anterior terminó con Villa fuera de la Champions en la última jornada, un revés descrito como aplastante que obligó a rehacer planes de fichajes y complicó un verano ya difícil. Ese fracaso también se arrastró al arranque de la campaña 2025/26, cuando todavía pesaba la sensación de una oportunidad perdida.
Doce meses después, el escenario es distinto. Villa no solo volvió a la mesa grande de Europa, sino que lo hizo en una temporada en la que puede quedarse a un paso de la gloria. Para un club que sigue construyéndose para instalarse entre la élite del continente, la clasificación a la Champions sigue siendo una prueba de crecimiento, de capacidad de atracción en el mercado y de estabilidad financiera. Y, aun así, el propio relato del año deja una idea incómoda: el dolor de haber perdido la Champions pudo empujar al equipo hacia una ruta que hoy lo coloca a un partido de un título europeo.
En Villa insisten en que el verano traerá cambios, pero también en que el núcleo del vestuario se mantendrá intacto. Esa combinación resume el momento del club: corregir sin desmontar, avanzar sin romper lo que ya funciona. El problema es que esa evolución no se detiene en Birmingham. Unai Emery es un entrenador que no se conforma. Es obsesivo, ambicioso y trabaja sin descanso para mejorar. Por eso, tarde o temprano, otro club de primera línea acabará llamando a su puerta.
Por ahora, Villa vive el presente que se ganó con una respuesta de alto nivel tras su tropiezo más doloroso. La pregunta ya no es si el golpe de la última jornada los frenó, sino si acabó siendo el empujón que necesitaban para dar un paso definitivo hacia el grupo de los grandes de Europa.

