Un video de Joan Manuel Serrat circuló en redes sociales unos días antes de la publicación de este texto y volvió a poner sobre la mesa una discusión incómoda: qué lugar ocupan los mayores en la sociedad del siglo XXI. En una breve disertación de unos cuatro minutos, el cantautor habló de la vejez sin adornos y con una idea central que atraviesa todo el mensaje: estar vivo es envejecer.
Serrat resumió esa mirada con una frase que desarma la cortesía vacía con la que a menudo se trata a las personas mayores: “Está usted muy bien para su edad”. Para él, ese comentario encierra una forma de desprecio elegante, porque parte de la sospecha de que una persona mayor ya no puede esperar mucho de sí misma. En el video dijo que todavía conserva sus ilusiones y que se ayuda de gafas, medicamentos y audífonos, una confesión sencilla que lo sitúa dentro de la experiencia común del envejecimiento y no fuera de ella.
Sus palabras tienen peso porque llegan en un momento en que la longevidad ya no es una excepción y porque lo que está en discusión no es solo la salud de los mayores, sino su visibilidad. Serrat denunció que a menudo se les atribuye falta de capacidad, de talento o de preparación, como si la edad los dejara automáticamente fuera del presente. También sostuvo que los mayores incomodan a una sociedad obsesionada con el beneficio rápido, porque consumen poco y no encajan en la lógica del rendimiento inmediato.
Ese fondo explica por qué su mensaje fue leído como algo más que una reflexión personal. El cantante habló de un edadismo cotidiano, más pequeño y más extendido de lo que suele admitirse, hecho de gestos, bromas y condescendencia que van borrando a quienes ya no responden al ideal de productividad permanente. Su crítica no fue contra la vejez, sino contra una sociedad que todavía actúa como si la vida larga fuera una anomalía y no una parte normal de la condición humana.
La tensión de su discurso está en la frase más dura que dejó: considerar innecesarias a las personas mayores es, dijo, “un acto criminal e imbécil”. La afirmación rompe con el tono amable que suele acompañar este tipo de debates y obliga a mirar de frente el problema. Lo que Serrat plantea no es una defensa sentimental de la edad avanzada, sino una denuncia de la forma en que se mide el valor de una persona por su utilidad económica del momento.
También cuestionó la idea de que la vejez sea un tiempo añadido, una especie de regalo al final del camino. La nueva longevidad, sostuvo el texto que recoge sus reflexiones, no es un “tiempo de propina”, sino una condición compartida que exige otra manera de organizar la vida común. La conclusión es clara: el problema no son los años que llegan, sino las sociedades que todavía no han aprendido a adaptarse a ellos. Y Serrat, con cuatro minutos de palabras serenas, puso ese fallo en primer plano.
