Lectura: Sarah Engels en Viena: familia, nervios y el final del ESC

Sarah Engels en Viena: familia, nervios y el final del ESC

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llegó a la final del ESC en Viena con el tipo de calma que solo dura hasta que empiezan a sonar los aplausos. La cantante, de 33 años, se alojaba con su familia en un hotel de la Wiener Ringstraße y llevaba desde el 6 de mayo viviendo entre maletas, pero la mañana del sábado amaneció con una rutina muy distinta: sus hijos la despertaron temprano, le desearon suerte y ella empezó el día con un bollo de cereal con mantequilla y dos huevos cocidos.

Engels dijo que había dormido siete horas y media, algo que para ella, como madre, ya era mucho. También tomó té de jengibre y café con leche de avena, aunque antes del desayuno notó un poco de malestar. “Ahora me impulsa la adrenalina y simplemente me divierto”, dijo antes de dirigirse al Wiener Stadthalle, donde horas después se celebraría la final. Su estilista ya trabajaba en su peinado mientras ella, todavía en bata sobre ropa deportiva, se preparaba para ponerse el vestuario del escenario en el camerino.

La escena resumía bien el peso de la jornada. No era solo una actuación más. Sarah había ensayado de nuevo todo el espectáculo delante de un público antes de salir hacia la sala, una repetición que subrayaba la presión de la noche y también la determinación con la que afrontaba su momento en el ESC. Desde Viena, la cobertura de su presencia en el festival ya venía marcando ese tono, como también lo hacía el reportaje previo sobre su familia en la ciudad y la apuesta por una actuación que giraba en torno a la energía femenina.

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Pero la historia del día no estaba en el escenario, sino en quién la rodeaba. Poco antes de irse, Engels tomó entre sus brazos a su madre, , y a su hermano, . Su madre no escondió el orgullo: dijo que no podía describir lo que sentía, que estaba increíblemente orgullosa de Sarah y que la veía cantar y bailar de forma fabulosa, además de todo lo demás que implica subirse a una gran plataforma así. Añadió que siempre había sido musical y que empezó a cantar muy pronto.

Gianluca, que viajó a Viena para apoyarla, se mostró igual de afectado. Dijo que estaba totalmente nervioso y que esa noche su pulso seguramente subiría a 200 al verla sobre un escenario tan grande. La escena familiar quedó cerrada por una frase de Engels que explica por qué este viaje pesa tanto: afirmó que, pase lo que pase, después sería abrazada y querida por su esposo, , igual que antes. Para ella, ese respaldo no es un detalle sentimental, sino la base que le permite entrar al escenario sin convertir la noche en un examen.

También el trayecto hasta el Stadthalle tuvo algo de ritual. Engels y su equipo recorrieron Viena bajo la lluvia durante unos 15 minutos, mientras ella seguía con la bata encima del conjunto deportivo. Había llevado consigo su amuleto de la suerte junto a sus hijos, un gesto pequeño en apariencia, pero coherente con el resto de la mañana: una artista a punto de salir a una final, sostenida por sus niños, su madre, su hermano y la certeza de que, ocurra lo que ocurra, volverá al mismo abrazo al final del día.

Lo que queda claro es que Sarah Engels no llegó a Viena solo para cantar. Llegó después de semanas de desgaste, con su familia instalada en un hotel y con toda una red de apoyo empujándola hacia el escenario. La pregunta ya no era si estaba lista para la final del ESC. La respuesta, por todo lo que contó antes de entrar al pabellón, es que sí lo estaba: con nervios, con adrenalina y con la tranquilidad de saber que la noche no iba a cambiar quién la espera al terminar.

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