El 15 de mayo de 2011, miles de personas salieron a la calle en España bajo un grito que se volvió consigna: “Democracia real ya. No somos mercancía en manos de políticos y de banqueros”. Quince años después, aquella sacudida sigue viva en la forma en que el país habla de política, transparencia y representación.
La protesta nació en plena crisis económica y en medio de los recortes, y se extendió con rapidez a más de 50 ciudades. En la Puerta del Sol, en Madrid, unas 200 personas montaron campamento ese mismo día. Lo que empezó como indignación acabó recuperando plazas y calles para la conversación pública, las asambleas y la organización vecinal. El 15 M no fue solo una noche de acampada: fue una toma del espacio común.
Stéphane M. Grueso, uno de los nombres que mejor ha seguido la huella del movimiento, lo resume sin rodeos: “La gente que da por muerto el 15M no comprende la esencia del mismo.” Su tesis es que el ciclo no terminó aunque desaparecieran las imágenes más visibles de las plazas, porque su alcance fue más profundo que cualquier acción concreta. Para Grueso, hoy siguen vigentes demandas que entonces se instalaron en el debate público: transparencia, rendición de cuentas y una idea de responsabilidad política que ya no depende solo de votar cada cuatro años.
Ese cambio, sostiene, tocó a muchas personas y alteró la relación de la ciudadanía con el poder. “Cambió a mucha gente: muchas personas no son iguales desde entonces y entienden que hacer política, más allá de los partidos, es su responsabilidad”, dice. El movimiento coincidió además con la explosión de las redes sociales, un momento en el que las convocatorias, las asambleas y las discusiones podían circular con una velocidad inédita. También dejó redes de cuidado y formas de autoorganización que funcionaron fuera del Estado, desde la ayuda mutua hasta la coordinación barrial.
El 15 M también golpeó el sistema de bipartidismo que había dominado España hasta entonces. De esa etapa nació un debate que sigue abierto: si canalizar la energía del movimiento a través de partidos funcionó o no. Grueso recuerda que algunas personas optaron por intentar la vía institucional, crear formaciones y llegar al gobierno. Esa salida dio a parte del movimiento una traducción política, pero también abrió una discusión sobre hasta qué punto las instituciones absorbieron, o diluyeron, el impulso original.
Para el propio Grueso, el gran fallo fue otro. “El gran fallo del 15M fue no acoger los feminismos como una de sus grandes reivindicaciones”, afirma. La crítica importa porque coloca una deuda dentro de un movimiento que se presentó como amplio, horizontal y generacional, pero que no logró convertir esa amplitud en una agenda feminista central. Aun así, el balance que deja es claro: “España no podía ser un país grande sin leyes de transparencia”.
Quince años después, la respuesta a la pregunta de fondo no es si el 15 M sobrevivió como imagen, sino si su legado sigue operando en la vida política del país. La evidencia apunta a que sí: cambió el lenguaje público, empujó demandas de transparencia y participación, y dejó una sociedad menos dispuesta a aceptar que la política se cierre sobre sí misma.
