Ricardo Segado, concejal de Movimiento Ciudadano, firmó este lunes 19 de mayo de 2026 la moción de censura en una notaría del Paseo Alfonso XIII de Cartagena y lo hizo como el número 14 en el orden de rúbricas. La maniobra quedó registrada después de una jornada intensa en la ciudad, en la que la crisis interna de Vox en la Región de Murcia terminó de desembocar en el Ayuntamiento de Cartagena.
Segado trabaja en El Corte Inglés de Murcia y no tiene dedicación exclusiva en el Ayuntamiento, un dato que subraya el peso político de una firma que llegó cuando la operación ya estaba encarrilada. La moción se registró el mismo día en que el tablero municipal quedó definitivamente movido por la implosión de Vox, con José Ángel Antelo defenestrado como presidente regional y su caída arrastrando a Diego Salinas, el candidato de la formación a la alcaldía de Cartagena en 2023.
La ruptura interna no se quedó en los pasillos del partido. Tras la salida de Antelo, Salinas fue el primero en marcharse de Vox, y después también abandonó la formación Beatriz Sánchez del Álamo. La semana pasada, antes de la firma de Cartagena, Salinas dejó el gobierno municipal y explicó por escrito en Facebook que “nuestra Constitución prohíbe expresamente el mandato imperativo, y el pacto antitransfuguismo va contra el espíritu de la Constitución. Por eso hicieron un pacto y no pudieron hacer una ley”.
En paralelo, la dirección nacional de Vox había designado portavoz municipal a Gonzalo López Pretel, una decisión que terminó marcando el pulso interno. López Pretel sostuvo que la ruptura se precipitó cuando desde Vox les comunicaron que “no tenían sitio en el partido para 2027”. Jesús Giménez Gallo, que ya se perfila como candidato a la alcaldía, describió el escenario con una mezcla de sorpresa y certeza: dijo que tenía la sensación de que en Vox no habían sabido o no habían podido trabajar juntos, y añadió que le llegaba que López Pretel era quien impedía ese trabajo conjunto.
Giménez Gallo también vinculó parte del desgaste a decisiones cotidianas que, a su juicio, mostraban hasta qué punto el partido estaba fracturado. Recordó que en Carnaval la concejala delegada de Turismo quiso ir a la Gala Drag Queen y su partido se lo prohibió, una escena que, según dijo, le parecía similar a la de “mucha gente” que acaba en organizaciones donde luego descubre cosas que no entiende. Esa fricción política y personal desembocó en conversaciones que, según su propio relato, se limitaron a “dos o tres conversaciones al salir de plenos” en las que vieron que todo estaba fatal, sobre todo en lo económico.
Ese giro resulta especialmente llamativo porque en Semana Santa Giménez Gallo había dicho que las mociones de censura “no se piensan, se registran” y que entonces no había ninguna registrada ni en ciernes. Dos meses después, la moción ya existía y él mismo era el candidato a alcalde. La secuencia deja una conclusión clara: la operación nació menos de una estrategia largamente diseñada que de la descomposición acelerada de Vox y de un clima económico y político que, según quienes la impulsaron, ya era insostenible.
La firma de Segado como número 14 confirma que el cierre de filas llegó tarde para Vox y que la moción ya tenía la aritmética necesaria cuando se rubricó en la notaría de Cartagena. Lo que viene ahora es la prueba real del movimiento: si esa mayoría resiste fuera del papel y si el nuevo equilibrio municipal aguanta más que la crisis que lo hizo posible.

