José María Manzanares, Juan Ortega y Pablo Aguado hicieron el paseíllo este jueves 21 de mayo en Las Ventas, con la plaza llena y un nuevo No hay billetes en la duodécima tarde de San Isidro. Madrid apretaba con más de 30 grados y un cielo limpio sobre la Monumental, un ambiente de expectación que acompañó desde el inicio una corrida marcada por la seriedad del encierro.
La corrida se anunció con toros de Puerto de San Lorenzo y de la Ventana del Puerto, tres de cada hierro, con pesos que fueron de los 545 kilos del sexto a los 604 del tercero. Los tres primeros toros fueron cuatreños y los otros tres cinqueños, en una corrida de presencia imponente que dejó el primer sobrero como uno de los momentos clave de la tarde. Ese sobrero, un toro de José Vázquez de 525 kilos, salió después de que el primero no sirviera y la lidia se deshiciera por completo.
Manzanares recibió a Cardilisto con verónicas, fiel a una puesta en escena sobria y clásica, vestido de nazareno y oro. El diestro alicantino llegaba a esta feria con un solo compromiso, una presencia breve pero seguida con atención por el público de Las Ventas. Juan Ortega, por su parte, tuvo que enfrentarse al primer sobrero cuando el toro titular se mostró descompuesto y el desarrollo de la lidia quedó roto desde temprano.
El encierro de Puerto de San Lorenzo y la Ventana del Puerto llegó con las líneas originales de Atanasio Fernández y Lisardo Sánchez en los primeros, y con sangre de Domecq a través de Jandilla y El Torreón en los otros tres. Esa mezcla de procedencias dio a la corrida una lectura técnica y exigente, con tres toros de un tipo y otros tres de otro, y con una plaza entregada desde el principio por la rareza del cartel y la fecha. En San Isidro, con el calor pegando de lleno y el coso repleto, nada pasó desapercibido.
La tarde quedó sostenida por esa combinación de plaza llena, toros pesados y un cartel de nombres que obligaba a responder. Las Ventas no regaló facilidades ni tiempo, y la corrida fue avanzando entre la expectativa del público y la dureza de una seriedad ganadera que no permitió distracciones. Para Manzanares, Ortega y Aguado, la duodécima tarde de San Isidro se midió en la arena y en el pulso de una plaza que volvió a colgar el cartel de no hay billetes.

