Lectura: Daniel Guzmán y la rabia punk que sigue marcando su cine

Daniel Guzmán y la rabia punk que sigue marcando su cine

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llegó casi directo desde Londres a la redacción en moto y con la misma mezcla de prisa y desafío con la que, según dice, ha vivido desde adolescente. A sus 52 años, el director, actor, músico y presentador de 100% Únicos sigue diciendo que es un punky, y lo dice como quien no ha cambiado de idioma para explicar su manera de estar en el mundo.

Lo acaba de demostrar otra vez con , que en los días previos a esta entrevista pasó por Rusia, México y Londres después de ganar el premio especial del jurado en el . Guzmán defendió la película en el y volvió a Madrid con una mezcla de satisfacción y molestia: la cinta no fue seleccionada para los Goya y él no ocultó su decepción. “Más que cabreo, quizá fue decepción: esperaba un poco más”, dijo.

La reacción encaja con un cineasta que no separa del todo la obra de la actitud. Guzmán se describe a sí mismo con la misma franqueza con la que habla de sus tropiezos: “Sigo siendo un punki: a veces hablo y luego pienso”. También admite que siempre ha tenido un problema con la autoridad. “Tengo un problema con la autoridad, siempre lo he tenido”, resumió, una frase que en su caso no suena a pose sino a biografía.

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Ese impulso viene de lejos. Durante la adolescencia empezó a firmar grafitis como Tifón, y todavía conserva el periódico que publicó un mural suyo sobre la guerra de Irak. Aquel trabajo medía 10 metros y llevaba su firma junto a una paloma con un arcoíris que había recibido un disparo. Guzmán lo recuerda como una forma de expresarse contra lo que no compartía, con una mezcla de rebeldía y voluntad artística que hoy, asegura, no ha desaparecido.

“Digamos que, antes y ahora, quería expresarme artísticamente sobre cosas con las que no estaba de acuerdo, de una forma un poco combativa, un poco rebelde, si quieres”, dijo. También contó una anécdota que resume bien esa desconfianza hacia cualquier orden impuesto: cuando un vigilante le pidió la identificación, enseñó el pasaporte en lugar del DNI. “Bueno, no está mal visto”, ironizó. En su caso, la respuesta no era una boutade, sino otra forma de dejar claro que no se acomoda fácil.

Su padre, dijo, fue una persona muy autoritaria. Guzmán lo coloca como una de las raíces de su carácter y de su forma de mirar el poder, la obediencia y la disciplina. Pero en su discurso no hay nostalgia de la confrontación por la confrontación. Al contrario: en un momento de turbulencia global, enlaza esa vieja rebeldía con una idea más amplia sobre la cultura. “En este mundo convulso, lo que hay que hacer es crear puentes y lazos de unión, y la cultura es lo único que nos puede salvar”, afirmó.

Ahí está la clave de lo que defiende hoy Guzmán. Su punk no es una consigna congelada en los años de juventud, sino una manera de seguir mirando el presente con desconfianza frente a las etiquetas y las afiliaciones. “Bueno, siempre he sido punki, y lo sigo siendo”, insistió. Y dejó otra frase que explica por qué prefiere mantenerse fuera de las jaulas cómodas: “En cuanto te afilian ya te controlan”. Con La deuda premiada en Moscú pero fuera de los Goya, Guzmán no parece dispuesto a suavizar ni su cine ni su forma de decirlo.

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