José Mourinho vuelve a sonar para el banquillo del Real Madrid, pero cualquier regreso tendría que esperar a que se resuelva el proceso electoral abierto por Florentino Pérez. El técnico portugués sigue ligado al Benfica y, por ahora, su salida solo sería posible dentro de una ventana que sigue abierta hasta el 26 de mayo por tres millones de euros.
La posibilidad de su regreso aparece en un momento en que el Madrid mira más al próximo curso que a la última jornada de Liga. El equipo ya no pelea por el título y la planificación de la plantilla ha empezado a ocupar el centro de la escena, con un vestuario que el propio entorno describe como cada vez más difícil de gobernar.
La urgencia no nace solo del calendario. Tras el partido contra el Oviedo, la fuente sitúa otra grieta en un grupo que ya había mostrado fisuras en semanas anteriores. Se habló de una pelea entre Tchouameni y Valverde, y Carreras dejó en redes sociales que había tenido otro altercado con Rüdiger. En paralelo, Mbappé dijo el martes: “Yo prefiero hablar aquí. Muchos no lo hacen y yo tengo que mirar a la prensa para saber lo que piensan”.
Ese es el terreno que Mourinho tendría que pisar si finalmente llegara. El portugués tendría que recomponer un vestuario fracturado, encontrar líderes y lograr que Vinicius y Mbappé convivan con naturalidad dentro y fuera del campo. También tendría que detectar qué posiciones necesitan refuerzo, una tarea que encaja con un verano en el que el club ya piensa en reconstrucción más que en continuidad.
La comparación con otra época es inevitable. Modric aparece como el último superviviente del Real Madrid de la etapa Mourinho, mientras que la marcha de Kroos y Nacho ya dejó atrás a otros nombres de aquel ciclo. Si Carvajal se va este verano, el equipo quedará sin ningún integrante de la plantilla que ganó cuatro Champions League en cinco años, un cierre simbólico de la transición generacional que se abrió después y en la que Valverde y Vinicius ayudaron a conquistar dos más.
Por eso, el posible regreso de Mourinho no depende solo de una nostalgia compartida por parte de la afición. Depende de las elecciones, del estado real del vestuario y de una decisión que llegaría cuando el club ya haya terminado de definir quién manda y qué equipo quiere construir. Hasta entonces, el nombre está sobre la mesa; el trabajo que lo espera, no deja margen para el romanticismo.

