En junio, Yucatán cambia de color cuando el flamboyán se abre y cubre calles, avenidas y haciendas con una floración roja que termina cayendo al suelo como una alfombra. Detrás de esa imagen que muchos asocian con la identidad regional hay una historia precisa: el árbol es originario de Madagascar, llegó a Yucatán desde Cuba y comenzó a ganar presencia hace apenas 150 años.
El nombre oficial del árbol es framboyán, aunque muchos mayahablantes suelen llamarlo plamboyán. Puede alcanzar los 12 metros de altura y su llegada a tierras mayas siguió una ruta que empezó en el África Oriental, pasó por las pequeñas Antillas, siguió a Cuba y de allí a Yucatán. Los primeros que florecieron en Mérida fueron los que sembró en Azcorra don Manuel Cirerol en 1876, con semillas que llegaron desde La Habana.
Eduardo Urzaiz Rodríguez dejó constancia de ese origen en “Reconstrucción de hechos”, escrito en 1950 bajo el seudónimo de Claudio Mex, cuando recordó que “los primeros flamboyanes que florecieron en Mérida fueron los que sembró en Azcorra don Manuel Cirerol en 1876”. También precisó que “las semillas las trajo de La Habana don Félix Martín Espinosa” y explicó que el árbol, aunque envuelto por relatos vernáculos, era en realidad originario del África Oriental, de donde pasó a Cuba y luego a Yucatán. La observación importa hoy porque desmonta una idea muy extendida: el flamboyán no nació en la memoria maya, pero sí se volvió parte de ella.
Desde la última década del siglo XIX, las autoridades locales adoptaron el flamboyán para ornamentar espacios públicos, y su presencia se volvió común en las fincas de la zona henequenera. También llegó a la periferia de Mérida, Tekal de Venegas, Seyé y Dzoncauich. Urzaiz Rodríguez apuntó además que “abundan, sobre todo, en las fincas cercanas” y recogió la exclamación del poeta Javier Santamaría al ver su floración: “¡No cabe duda, Dios es pintor!”.
La huella del árbol no quedó solo en los jardines. En 1960, Luis Espinosa Alcalá escribió “Flamboyán del camino” y dejó versos que dicen “pétalos rojos están hechos de sangre de mi fiel corazón”. Trece años después, en 1973, Lía Baeza Mezquita publicó el bambuco “Me lo dijo Dios” y cantó: “Lluvia de fuego en los flamboyanes, fuego que inflama mi corazón…”. La coincidencia entre ornato y arte ayuda a explicar por qué su floración no es un simple adorno estacional, sino una escena que vuelve cada junio con peso propio.
El fondo de esa historia es que el flamboyán se convirtió en símbolo regional sin dejar de ser un recién llegado. En Yucatán, muchos mayahablantes lo llaman plamboyán porque la lengua maya no tiene el sonido nativo de la letra F, y ese detalle lingüístico terminó siendo parte de su vida cotidiana. Hoy el árbol aparece en la poesía, en la música y en el paisaje urbano, pero su raíz histórica sigue siendo la misma: una especie llegada desde lejos que echó raíz, floreció en 1876 en Mérida y, desde entonces, se volvió inseparable de junio.
