Iker Casillas cumple 45 años este miércoles, 20 de mayo, en una etapa mucho más serena que la que marcó sus peores sobresaltos de los últimos años. El exportero del Real Madrid y ex capitán de la selección española vive ahora alejado del foco mediático y con una prioridad clara: su familia.
Ese cambio de ritmo no borra el peso de su pasado reciente, pero sí explica el presente de un hombre que ha aprendido a dosificar la exposición pública. Casillas pasó de ser una figura omnipresente a refugiarse con frecuencia en Navalacruz, donde tiene una casa y donde se rodea de sus amigos de toda la vida, de sus padres José Luis Casillas y María del Carmen Fernández, y de su hermano pequeño Unai. Allí encuentra una rutina lejos del ruido y cerca de los suyos.
La familia, además, ya no es solo un concepto amplio sino una realidad que sigue creciendo alrededor de sus hijos. Martín y Lucas han comenzado a seguir sus pasos en el deporte, y el mayor, de 12 años, ya ha debutado como portero en las categorías inferiores del Real Madrid. El propio Martín ha dejado claro que quiere hacer su propia carrera y no vivir a la sombra de su padre. “Yo soy Martín Casillas, soy el hijo, pero quiero hacer mi propia carrera, no quiero que me comparen”, ha dicho. También ha contado que su padre insiste en una idea que en el fútbol suele pesar tanto como el talento: “Siempre me dice que lo más importante es la humildad”.
El joven portero también ha relatado algunas de las indicaciones que recibe antes de los partidos. “En los penaltis, que me tire bien, que no dude; y si tengo que salir fuerte, que salga fuerte”, explicó, una frase que resume bien la forma de acompañar que Casillas parece haber elegido con sus hijos: presente, pero sin empujarlos a copiar su trayectoria. Esa misma discreción contrasta con el apellido que llevan y con la atención que sigue despertando cualquier gesto en torno a su vida personal, especialmente desde que se separó de Sara Carbonero en 2021.
Casillas y Carbonero siguen formando una familia muy unida, algo que quedó patente en el último adiós a Goyi Arévalo, madre de la periodista, en el que él estuvo presente. El vínculo entre ambos sigue teniendo una lectura pública inevitable, porque su relación quedó asociada al célebre beso de 2010 durante la celebración del Mundial de Sudáfrica, una imagen que convirtió su historia en un símbolo seguido durante años. Pero hoy la escena es otra: menos épica, más doméstica, y marcada por el deseo de normalidad.
También cambió la manera en que Casillas habla de sí mismo. El pasado verano dijo que estaba soltero y pidió que dejaran de comentar sobre su vida personal. “Me habéis sacado con 25 mujeres desde que me separé… ¡Y no habéis dado ninguna! Estoy soltero y puedo estar con quien quiera. Os pido, por favor, que dejéis de comentar sobre mi vida personal”, señaló entonces. La frase fue un corte seco con la narrativa de siempre: la del exfutbolista convertido en personaje de titulares ajenos a su carrera.
La parte más dura de esa historia no está en la agenda social, sino en 2019, cuando sufrió un infarto durante un entrenamiento con el Oporto y tuvo que ser trasladado de urgencia al Hospital CUF de Oporto. Allí fue intervenido tras detectarse una obstrucción en la arteria coronaria derecha mediante un cateterismo con la colocación de un stent. Él mismo reconoció después la gravedad del episodio: “Es difícil hablar, pero tengo que estar agradecido porque he tenido mucha suerte”.
Casillas ha confesado además que atravesó un periodo de miedo e incertidumbre después del ataque al corazón. Llegó a decir que estuvo triste durante aproximadamente un mes, que tenía miedo de caminar, dormir y hacer cualquier esfuerzo físico. “Era imposible”, describió sobre aquel tiempo. Ahora asegura que no está preocupado, que se siente bien y que sigue con mucha medicación, algo que explica por qué su vida se ordena hoy alrededor de la prudencia, la familia y los lugares donde nadie le pide que siga siendo el portero de antes.
En esa nueva etapa, la respuesta a la gran pregunta está bastante clara: Casillas no ha desaparecido, pero sí ha cambiado de centro de gravedad. Ya no vive para sostener el ruido que lo acompañó durante años, sino para proteger una calma que se ganó después de demasiados golpes.

