Vladímir Putin viajará el martes y el miércoles a Pekín para reunirse con Xi Jinping, en una visita que llega cuatro días después de la cumbre del líder chino con Donald Trump. Será la 25ª vez que el presidente ruso pise la República Popular China, una escala que vuelve a poner a Pekín en el centro de la economía de rusia y del tablero geopolítico.
Xi y Putin se han visto cara a cara más de 40 veces desde 2012, cuando el dirigente chino asumió el mando, y suelen reunirse al menos un par de veces al año. Cuando volvieron a encontrarse, Xi lo llamó “viejo amigo”. La última vez que coincidieron fue en Pekín en septiembre, cuando el presidente chino sentó a Putin a su derecha durante el desfile militar por el 80º aniversario de la rendición de Japón en la segunda guerra Sino-Japonesa y el final de la II Guerra Mundial. Aquella jornada exhibió drones, cazas, tanques y misiles balísticos intercontinentales con capacidad nuclear, y Xi resumió el vínculo con una frase que sigue marcando la relación: “La relación entre China y Rusia, tras haber resistido la prueba de los cambios en el mundo, se ha convertido en un ejemplo paradigmático de las relaciones entre dos grandes potencias”.
La reunión de esta semana encaja en una secuencia diplomática inusual incluso para Pekín. China ha acogido desde diciembre a los mandatarios de Francia, Canadá, Reino Unido y Alemania, cuatro naciones del G-7, en una campaña que proyecta al país como centro de decisiones globales. Para Moscú, el viaje llega en un momento en que su ofensiva en Ucrania sigue sin grandes avances y con un aislamiento internacional relativamente alto, mientras China continúa como su principal comprador de combustibles fósiles, sobre todo crudo.
Ese respaldo comercial sigue siendo clave. En abril, China compró crudo ruso por unos 5.500 millones de euros, y los ingresos rusos por las exportaciones de gas y petróleo gozan de buena salud. La cita de Pekín también coincide con un contexto energético inestable: la guerra en Irán se acerca a su tercer mes y el estrecho de Ormuz sigue atascado, factores que añaden presión y valor estratégico a cualquier conversación sobre suministro, precios y rutas.
Lo inmediato ahora es lo que Xi y Putin decidan mostrar en público después de otro encuentro entre dos dirigentes que se ven con una frecuencia poco común para las grandes potencias. Si repiten el tono de septiembre, el mensaje será menos una foto protocolaria que una señal calculada: China no solo escucha a Rusia, también la sostiene cuando el resto del mundo mantiene la distancia.

