El cuidado no pagado de las personas mayores dependientes en Galicia tendría un coste superior a 5.000 millones de euros si hubiera que abonarlo. La cifra atraviesa esta semana varias piezas de FARO sobre dependencia, envejecimiento y el precio de envejecer sin red familiar, con un retrato que ya no habla solo de un problema social, sino también de una factura enorme que hoy asumen los hogares.
Ese trabajo recae, casi siempre, en mujeres de la familia: hijas, hermanas, nietas y sobrinas que sostienen durante años tareas que no aparecen en ninguna nómina. La dimensión del asunto se entiende mejor con otro dato: en Galicia hay 280.000 hogares ocupados solo por personas de más de 65 años, y en casi la mitad de esos casos vive una sola persona. Son casas donde la vejez ya no se organiza alrededor de una familia amplia, sino de la soledad cotidiana.
Entre esas voces está la de Rogelio Garrido, que resume sin rodeos el salto que da una generación a otra. “Yo ya he asumido que acabaré en una residencia porque no tengo hijos. Es muy diferente mi situación a la de los que tenéis familia, porque os cuidarán”, dice. Y añade otra frase que deja al descubierto la fragilidad de ese supuesto colchón doméstico: “Familia? Sí, claro, y si luego los hijos se van a vivir fuera, ¿cómo nos van a cuidar: por videoconferencia?”.
La preocupación no se queda en la mesa de la cocina. En Galicia, 36.000 personas dicen sentirse solas, sin familia, sin amigos o sin una red social mínima a la que agarrarse. Ese dato encaja con el retrato que dibuja esta semana FARO: el de un territorio en el que el envejecimiento avanza más rápido que las respuestas disponibles y en el que la dependencia ya no puede seguir tratándose como una cuestión privada, porque afecta a decenas de miles de hogares y al sistema entero.
El dinero también ha cambiado de manos. El propio texto sitúa la atención residencial como una oportunidad de inversión privada cada vez más clara, y en Vigo la mitad de las residencias está ya en manos extranjeras. A eso se suma otro escalón difícil de asumir para muchas familias: los precios se acercan a 3.000 euros al mes. El resultado es una doble presión, sobre quienes cuidan en casa y sobre quienes necesitan plaza fuera.
Ahí está la tensión que atraviesa toda la semana informativa: el trabajo invisible de las familias sostiene el sistema y, al mismo tiempo, oculta su coste real. Garrido lo resume en un mensaje que envió después, casi como un aviso y casi como una súplica: “por favor, Roge, seguid dando caña con la dependencia, necesitamos muchos más recursos; la situación empieza a ser insostenible”. No es una queja aislada. Es el cierre lógico de un modelo que depende demasiado de la entrega familiar y demasiado poco de recursos estables.
La conclusión, a esta altura, es clara: la dependencia y el cuidado de mayores ya son uno de los grandes problemas sociales y económicos de Galicia. Lo que antes se resolvía dentro de casa hoy no alcanza, y la próxima discusión no será si hace falta más ayuda, sino quién la paga, quién la presta y quién queda fuera cuando la familia ya no puede hacerlo sola.

