Lectura: Tarantino y el juego mortal que tomó de Alfred Hitchcock Presents

Tarantino y el juego mortal que tomó de Alfred Hitchcock Presents

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cerró en 1995 con una apuesta tomada casi al pie de la letra de una vieja historia de Presents. En “”, un camarero de hotel entra en el juego de Chester Rush, interpretado por el propio Tarantino, y de sus amigos en una mesa donde la suerte se mide con un mechero y un dedo.

La escena se construye sobre una idea que ya había aparecido en 1960 en “Man from the South”, un episodio televisivo basado en un relato de y protagonizado por como el Gambler. Allí, Carlos ofrecía su descapotable si el rival lograba encender su mechero 10 veces seguidas sin fallar; si el mechero se trababa antes, él se quedaba con su dedo. En Four Rooms, el mismo mecanismo vuelve a arrancar en nochevieja, con Ted, el botones interpretado por , atendiendo a varios clientes extraños hasta que acepta participar tras recibir $1,000.

El paralelismo no es casual ni menor. Ambos relatos nacen del mismo texto de Dahl y convierten una cortesía aparentemente banal en una prueba de nervios que se vuelve insoportable cuanto más se alarga. La versión de Hitchcock salió al aire por primera vez en 1960 dentro de una serie presentada y producida ejecutivamente por Alfred Hitchcock; la de Tarantino llegó 35 años después, cuando Four Rooms intentó hacer de sus cuatro segmentos una vitrina de estilos, y dejó para el final el episodio más claramente deudor de una tradición de suspense clásico.

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Ahí está también la fricción que define el trabajo de Tarantino con Hitchcock. El director ha dicho que no era un “fan de Hitchcock” en el sentido reverencial que muchos le atribuyen, aunque también lo describió como “uno de los más grandes directores que jamás vivieron” y sostuvo que estaba limitado por los tiempos en los que trabajó. En otra frase, resumió su reparo con una precisión brutal: sus terceros actos a menudo “se desinflan”. Para Tarantino, Hitchcock fue un genio al que el Código Hays le recortaba el filo; para sus propios fines, eso abría una puerta creativa más que cerrarla.

Por eso “The Man from Hollywood” no funciona solo como guiño cinefilo. Funciona porque pone en escena la clase de tensión que a Tarantino le interesa desde hace años: el ritual, la conversación que se envenena, la amenaza que se construye sin prisa y la violencia que aparece cuando ya es tarde para retirarse. Esa obsesión también lo ha acercado a otras influencias que ha reconocido, desde el cine de Hong Kong hasta el grindhouse estadounidense y Federico Fellini. Pero aquí el punto es más concreto: tomó una historia de 1960, la reeditó en 1995 y la convirtió en una prueba de resistencia donde la apuesta termina antes de empezar.

El resultado es que la pregunta ya no es si Tarantino admiraba o no a Hitchcock. La respuesta está en la película misma. Lo que importa es que, en manos de Tarantino, una vieja apuesta de Roald Dahl deja de ser un simple homenaje y se vuelve una declaración de método: el juego no necesita durar mucho para dejar claro quién tiene el control, y en “The Man from Hollywood” se sabe desde la primera chispa que ese control nunca estuvo en la mano que sostenía el mechero.

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