Lectura: Secretaría De Educación Pública: el debate que dejó al descubierto la deuda escolar

Secretaría De Educación Pública: el debate que dejó al descubierto la deuda escolar

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Después de un largo debate sobre el calendario escolar, la educación volvió al centro de una discusión incómoda: en México, sigue sin resolverse el peso que tiene la escuela en la vida diaria de millones de niños y jóvenes. La aparece en medio de esa conversación no por un anuncio concreto, sino por la evidencia de que el sistema carga problemas que no se corrigen con un ajuste de fechas.

El punto de partida es duro. Hay maestros trabajando en escuelas sin agua, sin materiales o sin conectividad. Hay miles de docentes que sostienen la pedagogía desde la resistencia cotidiana, muy por encima de lo que el propio sistema les permite hacer. Y, aun así, el país sigue discutiendo la educación como si el problema principal fuera administrativo y no estructural.

Durante décadas, México ha discutido más el control político del sistema educativo que el aprendizaje profundo de los estudiantes. Las prioridades escolares, los modelos curriculares, los mecanismos de evaluación, los calendarios y hasta el lenguaje cambian con cada sexenio presidencial. Lo que no cambia es la necesidad de escuelas con tiempo, estabilidad y acompañamiento. Sin esa base, cualquier reforma llega, anuncia una ruptura y se va antes de dejar raíces.

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La pandemia dejó todavía más claro que la escuela no es solo un aula. También es alimento, salud mental, cuidado, convivencia y apoyo emocional. Cuando una escuela cierra, se debilita una red social fundamental para millones de niños y jóvenes. Esa pérdida no se mide únicamente en horas de clase, sino en vínculos que sostienen la vida cotidiana de comunidades enteras.

La desigualdad sigue decidiendo demasiado. Una niña en la Sierra Tarahumara, en la Mixteca o en una colonia periférica de Ciudad de México no depende solo de su talento o de su esfuerzo para avanzar. Su aprendizaje está condicionado por la infraestructura, la nutrición, la conectividad, la estabilidad de sus maestros y la seguridad del entorno. La escuela todavía no consigue compensar las desventajas de origen y, muchas veces, termina reproduciéndolas.

Ahí está la contradicción central del sistema: se habla de educación como prioridad nacional, pero muchas decisiones siguen atrapadas entre la inercia burocrática y los cálculos políticos. Mientras tanto, millones de niños y jóvenes pasan de grado sin entender plenamente lo que leen o sin poder resolver problemas básicos. Ese rezago no es un accidente aislado; es el resultado de décadas en las que se ha postergado la pregunta más importante.

La discusión sobre el calendario escolar terminó funcionando como un espejo. Mostró que el problema no es solo cuándo empieza o termina el ciclo, sino qué clase de escuela está sosteniendo el país y con qué condiciones. Si la sociedad decide hacer oír su voz, la educación puede ocupar el lugar que merece. Y ese lugar no admite más demora: el futuro del país sí pasa por la educación, pero solo si primero se le da estabilidad a la escuela que hoy la sostiene a fuerza de resistencia.

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