Los persas pararon los pies al Imperio Romano. Roma, a su vez, frenó durante siglos a los persas y contuvo su expansión. Entre ambos quedó una frontera de guerra casi constante, una línea de choque que atraviesa buena parte de la historia antigua y ayuda a explicar por qué un imperio que dominó durante 600 años acabó desapareciendo como estructura de poder en el año 476.
La imagen de esa rivalidad no empieza en la decadencia final de Roma, sino mucho antes. En el 53 a.C., los partos, un pueblo de lengua irania asentado en la zona, derrotaron y capturaron a Craso. Según la tradición, castigaron su sed de oro derramándole metal derretido en la garganta. Fue una humillación temprana que dejó claro que Roma no mandaba sin contestación en el este.
Seis siglos después de haber nacido en Italia, Roma seguía sosteniendo un enorme imperio que se extendía de oeste a este a lo largo de 4.000 kilómetros, desde Escocia hasta Mesopotamia, la actual Persia. Esa distancia exigía una vigilancia continua. Decenas de legiones y fortificaciones protegían la frontera a lo largo del Rin, del Danubio y de Asia Menor, mientras en el otro lado una nueva dinastía, los sasánidas, construía su propio poder y chocaba una y otra vez con el mundo romano.
Los enfrentamientos entre Roma y los sasánidas fueron permanentes, y en la primera mitad del siglo III de nuestra era Persia seguía dando problemas. La tensión alcanzó un punto decisivo en el 260, cuando el rey persa sasánida Sapor I venció a los romanos y capturó al emperador Valeriano en batalla. Según unas versiones, Sapor I lo asesinó de inmediato; según otras, lo humilló durante algún tiempo. En cualquiera de los relatos, el golpe fue enorme para Roma y confirmó que el este seguía siendo su frontera más peligrosa.
Roma procuró vengarse en cuanto pudo, pero el conflicto ya había dejado una huella más profunda que una sola derrota. El texto sitúa ese pulso romano-persa como una de las causas importantes de la desaparición del Imperio Romano, y lo hace en una lista histórica aún más amplia: los historiadores han reunido 210 causas distintas de la caída de Roma. En ese panorama, la guerra con Persia no aparece como un episodio lateral, sino como una presión constante sobre un imperio que nunca dejó de defenderse hasta que, en 476, su estructura de poder desapareció.
